El 30 de abril de 1993, el CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear) tomó una decisión que cambió la historia de la web: poner el software de la World Wide Web en dominio público. Más tarde, la organización publicó una versión con licencia abierta para facilitar todavía más su difusión. Aquella elección fue mucho más que un gesto técnico; fue una apuesta por un modelo abierto, basado en estándares y colaboración.
La web nació para conectar información: páginas, documentos, imágenes y conocimiento accesible desde cualquier lugar. Con el tiempo, pasó también a conectar personas y dejó de ser solo una biblioteca para convertirse en un espacio público donde hoy circulan ideas, conversaciones y debates. Y, casi sin darnos cuenta, ha terminado convirtiéndose, además, en una infraestructura para los datos, sobre la que descansan procesos críticos en la industria, la salud o la administración.
Esa evolución no ha sido casual ni sencilla. Se ha sostenido sobre estándares abiertos, interoperabilidad y un esfuerzo colectivo por preservar el carácter libre y compartido de la red. En ese contexto, el trabajo del W3C (World Wide Web Consortium) resulta clave para que la web siga evolucionando con reglas comunes y conserve, en la medida de lo posible, su independencia frente a gobiernos y empresas. Pero este no es un cumpleaños cualquiera. Lo que está en juego hoy no es solo recordar cómo empezó la web, sino decidir hacia dónde queremos llevarla.
Vivimos un cambio profundo, aunque a una velocidad distinta. La inteligencia artificial no llega para sustituir la web, sino para apoyarse en ella. Se alimenta de los datos que allí se generan y, al mismo tiempo, empieza a redefinir la manera en que accedemos a ellos. Durante años, el acceso a la web fue directo; ahora, cada vez más, la IA intermedia. Interpreta, resume, prioriza y decide qué mostramos y cómo lo mostramos.
La web no desaparece, pero se vuelve menos visible y, al mismo tiempo, más decisiva que nunca. Porque este cambio acelera todo: los datos ya no solo se almacenan o se comparten, también se usan para entrenar sistemas que influyen en decisiones cada vez más sensibles. Eso abre oportunidades evidentes, pero también nuevas fricciones. La concentración de datos y la opacidad de muchos modelos obligan a replantear las reglas. Y, precisamente por eso, conviene volver a poner a las personas en el centro: cuanto más automatizamos, más importante resulta que quienes usan estos sistemas los entiendan, confíen en ellos y participen en su diseño. Esto es lo que llamamos el factor humano, uno de los aspectos en los que siempre incidimos desde CTIC Centro Tecnológico, donde somos la sede española del W3C, cuya misión es desarrollar estándares técnicos para la Web. Además, representamos al W3C en los países hispanohablantes de Latinoamérica.
Hoy, seguimos teniendo una web abierta por diseño. Pero, cuando pasamos de conectar información a operar con datos que intervienen en decisiones, procesos o entornos sensibles, hacen falta reglas nuevas. Ahí es donde entran en juego los espacios de datos. No como una evolución de la web, sino como una forma de organizar el intercambio de datos con confianza, reglas claras e interoperabilidad real.
La conclusión es clara: si queremos que la web siga siendo un espacio abierto, útil y confiable, debemos reforzar sus estándares, su interoperabilidad y su capacidad para evolucionar sin perder su carácter público. Y, al mismo tiempo, hacer que la inteligencia artificial avance sobre bases sólidas, con reglas claras y al servicio del interés común.
La cuestión no es si la IA sustituirá a la web, sino si seremos capaces de hacer que aprenda de los principios que han permitido que la web llegue hasta aquí: apertura, interoperabilidad y estándares compartidos.