Septiembre 27, 2026

La educación, entre la crítica y el criterio

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La necesidad de formar a los estudiantes en el uso ético, crítico y responsable de las tecnologías y la IA para convertirlas en verdaderas herramientas de aprendizaje

Con la publicación del informe PISA, la conversación pública ha vuelto a centrar la atención sobre el estado de la educación en España. Este debate llega en un momento en el que las tecnologías ya no son vistas como el futuro de la innovación educativa o como una potente herramienta para la enseñanza. Hemos pasado de querer introducir estas tecnologías en todo a evitarlas a toda costa, de verlas como el futuro de la educación a considerarlas culpables de nuestros problemas. De hecho, son muchas las personas que están señalando a las pantallas y la IA como las culpables de los malos resultados de España en PISA, lo que ha puesto en el centro de la conversación el papel de la tecnología en la educación.

Cuando hablamos de tecnología y educación, solemos fijar la mirada, la reflexión y el dedo acusatorio en la primera. Así, señalamos el efecto perverso de los móviles, las pantallas o la IA en la educación de los jóvenes, culpando a estas tecnologías de los males de nuestro sistema educativo, a la vez que reivindicamos las viejas y confiables formas de hacer las cosas sin tecnología de por medio. Sin embargo, estamos pasando algo importante por alto: el hecho de que en la escuela todo (a excepción de lo que es de carne y hueso) es tecnología.

Desde el libro de texto, pasando por la distribución espacial de los alumnos en el aula y la organización por edades del aprendizaje, hasta los sistemas de evaluación del rendimiento académico.

Por esta razón, cuando contraponemos tecnología a educación, empezamos mal el debate: partimos de una mala premisa, que nos lleva a no enfocar bien la cuestión, a plantear los interrogantes equivocados y a proponer soluciones que no apuntan bien al problema. Si fijamos la mirada y la reflexión crítica en nuestras tecnologías educativas (en las aulas, los exámenes, los deberes, etc.) y apartamos nuestro dedo acusatorio de ellas por un momento, es posible ver que la situación es más compleja de lo que parece a primera vista.

Es cierto que el informe PISA muestra que los estudiantes que no utilizan IA para sus tareas generalmente obtienen puntuaciones más altas que los que sí lo hacen. Pero el mismo informe también señala que el uso de la IA, cuando es usada como herramienta de aprendizaje, aumenta el rendimiento del alumnado. Esto mostraría que el problema no es la IA, sino el uso que algunos estudiantes deciden darle. Y sus motivaciones no provienen de la herramienta en sí: están influenciadas por su entorno más cercano, por el sistema educativo y por la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, como puso de manifiesto un informe de Common Sense Media en 2024, la historia no es tan sencilla. Ante el uso de la IA por parte de los jóvenes como una forma de apoyo a la hora de hacer los deberes, este informe apunta que dicho uso podría estar impulsado por la presión social a la que se enfrentan los adolescentes durante su etapa formativa. Esto es, estarían usando la IA para ser capaces de estar al día en una cultura del ajetreo que les presiona a tener su vida ya planificada y a obtener notas excelentes. Incluso tras el “buen” uso de la IA por parte de los estudiantes, como una forma de ayuda a la hora de hacer los deberes, se puede esconder una actitud contraria al propio aprendizaje.

Premiar el aprendizaje o el resultado

Esa búsqueda de “sacar nota” también existe en nuestra región, tal y como ha puesto de manifiesto el reciente informe sobre la brecha digital en Asturias. Así, los docentes son conscientes de la existencia de esa cultura, en la que la IA simplemente estaría intensificando la búsqueda de la eficiencia para conseguir la máxima nota con el menor esfuerzo posible. Solo importa el resultado. Y es esto lo que, como sociedad, les estamos enseñando. No premiamos a nuestros hijos por haber aprendido matemáticas o biología al final del semestre, sino por haber sacado un 8 en matemáticas o un 9 en biología.

Esta mentalidad orientada a resultados no deja margen para considerar la importancia de los procesos. Así, cuando un alumno suspende un examen o comete un error al hacer los deberes, no le enseñamos que equivocarse es una parte fundamental de su aprendizaje y que ser consciente de sus fallos es una forma de saber cuánto ha aprendido y la base que ha de animarle a superarse a sí mismo la próxima vez. Le enseñamos, en su lugar, que suspender es malo, que los buenos estudiantes hacen las cosas bien a la primera. En definitiva, le enseñamos que los medios para medir su aprendizaje son el fin de ese aprendizaje. Y, sin embargo, cuando los jóvenes usan la IA para mejorar sus notas, auspiciados por esta mentalidad que les hemos enseñado, nos llevamos las manos a la cabeza.

Señalamos a la IA y a las tecnologías como las culpables de nuestra deriva educativa, pero es posible que solo estén reforzando, no creando, unas dinámicas ya existentes, generadas por nuestras pruebas, exámenes y demás instrumentos de evaluación. En pocas palabras, por nuestras tecnologías educativas. En este marco, la IA simplemente estaría sirviendo de herramienta a los estudiantes a la hora de explotar las vulnerabilidades de las tecnologías educativas de nuestro sistema educativo.

Actualmente, en CTIC, desde la Unidad de Factor Humano, estamos trabajando en el proyecto piloto ALIATE para fomentar el uso de la inteligencia artificial desde una perspectiva ética, crítica y responsable. ALIATE se desarrolla junto a varios centros educativos asturianos y enseñará a los estudiantes a usar herramientas de IA como una ayuda en su proceso de aprendizaje. Lo hacemos porque tenemos un compromiso con la sociedad asturiana y especialmente con los y las jóvenes para afrontar los retos de nuestras tecnologías educativas, como ya hemos hecho en el pasado en proyectos previos de educación digital en los que hemos puesto tecnologías de vanguardia al servicio de la educación (como SmartKids o MASSTEAM). Frente a este clima de pesimismo contra las tecnologías digitales en la educación, desde CTIC seguimos creyendo en su potencial para ayudarnos, siempre bajo el criterio humano, a mejorar la formación de los y las jóvenes.

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